(Boletín Informativo de la Facultad de Ciencias de la UNAM.  #230 Octubre 2007)

Ángela Acevedo
El interés por las matemáticas ha estado presente en México desde hace muchos siglos. Las culturas prehispánicas realizaron amplios descubrimientos matemáticos como considerar al cero como número. Es conocida también la gran exactitud de los calendarios maya y azteca, que eran mucho más exactos que el calendario juliano que se empleaba en Europa en la época en que se inició la conquista de América. Las grandes construcciones arquitectónicas como las pirámides y otras importantes obras hidráulicas en la cuenca de México ilustran el grado de los conocimientos científicos que sobre ingeniería, física y matemáticas poseían los pueblos mesoamericanos.

En el siglo XVI, después de la conquista, los españoles fundaron la Real Universidad de México e instalaron la primera imprenta que hubo en América. En esa imprenta, en 1557 se publicó el primer libro de física escrito en México, y en América; su autor era Alonso de la Veracruz, quien nació en España aunque su obra científica fue realizada en México.
La primera cátedra de Matemáticas y Astrología en México y tal vez en América, fue fundada en 1637 en la Facultad de Medicina de la Real y Pontificia Universidad de México, por el fraile mercedario fray Diego Rodríguez, (1569-1668). La apertura de esta cátedra se considera como el punto de partida de la ciencia moderna en México. Fray Diego Rodríguez fue un científico dedicado a las ciencias exactas. Su obra consta de 6 manuscritos y un impreso. Tres de los manuscritos son de matemáticas, dos de astronomía y uno sobre la construcción de aparatos científicos. El impreso data de 1652 y se refiere al cometa aparecido ese año.

Además de estas obras, fray Diego escribió todo un tratado sobre logaritmos y sus aplicaciones. En la cátedra de matemáticas, fray Diego incluyó estudios de astronomía, trigonometría, algebra y explicaba las principales ideas matemáticas y astronómicas de autores como Ptolomeo, Apiano, Clavio, Tycho Brahe, Copérnico, Kepler,
Tartaglia, Cardano, Bombelli, Neper y Stevin. En el siglo XVII, el máximo exponente de las matemáticas fue Carlos Sigüenza y Góngora (1645-1700) quien participara de  expediciones científicas y desarrollara una vasta labor investigadora patente en el libro Manifiesto filosófico contra los cometas (1681), en el que desacreditaba la idea de que dichos astros eran maléficos; obra por la cual mantuvo una larga disputa con el jesuita Eusebio Francisco Kino (1645-1711) quien defendía que los cometas eran enviados por Dios para el castigo del hombre. En la Libra astronómica y filosófica, (1690), expone sus conocimientos provenientes de cuidadosas observaciones personales con gran precisión matemática, donde rechaza categóricamente la relación entre los comentas con los maleficios divinos y se adhiere a las ideas heliocentristas de Copérnico.
A finales del siglo XVIII, un conjunto de criollos ilustrados iniciaron el estudio de las matemáticas por su cuenta, sin apoyo institucional alguno. Es ahí donde destacan grandes
matemáticos como Joaquín Velázquez de León (1725-1786), José Ignacio Bartolache (1739-1790), Antonio de León y Gama (1735-1802) y José Antonio Alzate (1737-1799).
En 1798 dos importantes escuelas se fundan, el Real Colegio de Minería, colegio que estaría encargado de preparar los futuros ingenieros mineros y el Colegio de Bellas Artes de San Carlos, donde además de pintura, escultura y grabado se enseñaba también arquitectura.

 


Bibliografía
Elías Trabulse. Historia de la ciencia en México (Versión
abreviada). México: Fondo de Cultura Económica, 1994.
542 pags.

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