El desarrollo de las matemáticas de tradición occidental en lo que hoy llamamos México comenzó en 1556, con la obra Sumario compendioso de Ias cuentas de plata y oro que en los reinos del Perú son necesarias a los mercaderes y todo género de tratantes. Con algunas reglas tocantes a la Aritmética, de Juan Díez Freyle1, impresa por Juan Pablos en la Ciudad de México. Aunque en ese tiempo la difusión del conocimiento era sensiblemente más lenta que en los siglos siguientes, parece ser que el autor ya conocía el Ars magna (1545) de Gerónimo Cardano (1501-1557), en la que aparecen por primera vez en Europa los procedimientos para resolver las ecuaciones de tercero y cuarto grados.

 

Un hito importante en esta historia es la inauguración, en 1637, de la Cátedra de Astrología y Matemáticas en la Escuela de Medicina de la Real y Pontificia Universidad de México. Su primer titular, el mercedario fray Diego Rodríguez (1596-1668), expuso y difundió las teorías astronómicas y físicas de Copérnico, Tycho Brahe, Kepler, Galileo, Gilbert y otros, así como las matemáticas de Tartaglia, Cardano y Neper.


A la muerte de fray Diego, en 1668, ocupa la cátedra el dominico fray Ignacio Muñoz. Cuando éste partió a
España en 1672, la cátedra fue adjudicada, mediante un concurso, al bachiller Becerra Tanco, quien a los dos meses y medio de la adjudicación murió. Ese mismo año, producto de un nuevo concurso, la cátedra pasó a manos de don Carlos de Sigüenza y Góngora (1645- 1700). Es de dudarse que Sigüenza y Góngora haya tomado alguna vez clase con fray Diego, pero lo cierto es que conocía sus obras y las utilizaba; y es en este sentido que podemos afirmar que es su discípulo. A la muerte de Sigüenza la cátedra, en la Escuela de Medicina, entró en un período de crisis que con el tiempo provocaría su desaparición.

En la primera mitad del siglo XVIII, la enseñanza de las matemáticas recayó en las órdenes
religiosas y en especial en los jesuitas, quienes se dedicaron con intensidad a ello y escribieron un buen número de textos; sin embargo, esas enseñanzas no incorporaron a su práctica los logros sorprendentes de la segunda mitad del siglo anterior y continuó enseñándose en las aulas únicamente aritmética, geometría, álgebra, trigonometría, secciones cónicas y demás temas tradicionales. Esa situación señala un rezago del
desarrollo de las matemáticas en la Nueva España, similar en las otras ciencias, y además compartido con la metrópoli.


Los trabajos matemáticos de los ilustrados de la Colonia, aunque al principio continúan con la misma temática, tienen otro tono. Dentro de ese grupo de autores destacan el poblano Agustín de la Rotea (¿?-1788), el guanajuatense José Ignacio Bartolache (1739-1790), así como Joaquín Velázquez de León (1773-1775) y Antonio de León y Gama (1735-1802), Este último, que nace y muere en la ciudad de México, fue el primer estudioso de la arqueología en la Nueva España. En 1769, Bartolache publicó Lecciones matemáticas, un pequeño fascículo con parte de las clases que dictaba en la Real Universidad de México, donde diserta ampliamente sobre la naturaleza de las matemáticas y su método, que aboga por
hacerlo extensivo a otras ciencias.

J. Bracho et al., “Matemáticas”, La UNAM por México, ed. Lourdes M.
Chehaibar Náder, UNAM, México 2010, 893 - 928.

 

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