(Del Boletín del Departamento de Matemáticas de la Facultad de Ciencias de la UNAM. #232 Noviembre 2007)

Ángela Acevedo
Tercera Parte
Las condiciones sociales y económicas de buena parte del siglo XIX no fueron adecuadas para propiciar los medios de investigación científica que requería el país después de lograr su independencia de España. Para 1821 la economía nacional ofrecía un aspecto desolador. El aparato científico estaba prácticamente desmantelado pues muchas instituciones habían sido cerradas, y las constantes guerras internas e invasiones hicieron difícil mantener las instituciones novohispanas. El Seminario de Minas, fundado a finales del siglo XVIII
fue el germen de la institucionalización de las ciencias exactas en México. Profesores como Francisco Bataller, Antonio de León y Gama y algunos profesores venidos de España como los hermanos Fausto y Juan José Elhuyar y don Andrés Manuel del Río (descubridor aunque no reconocido del vanadio al que él llamó eritronio), impartieron las primeras cátedras de matemáticas, física y química.

Hacia el fin del siglo XVIII, la geometría analítica y el cálculo habían sido incorporados a la educación superior en las nuevas instituciones educativas, en particular en la Escuela de Minas. En los primeros años del siglo XIX, a su paso por México, Alexander von Humboldt (1769-1859) emite comentarios harto elogiosos de la formación académica, en particular la matemática, de los egresados de esta institución. Los egresados de la Escuela de Minas participaron en la difusión del cálculo infinitesimal.

El siglo XIX que parece haber sido más pobre que los anteriores en producción matemática en México, (en el mundo ha sido uno de los siglos más deslumbrantes con personajes como A. Cauchy y B. Riemann, )cabe aquí una cita de Octavio Paz "Una y otra vez españoles e hispanoamericanos nos frotamos los ojos y nos preguntamos: ¿Qué hora es en la historia del mundo'. Nuestra hora no coincide nunca con la de los otros?"), tuvo algunos profesores del Colegio de Minería como Cástulo Navarro y Manuel Castro que en su tiempo fueron muy respetados.


Rafaél del Río C.

Octubre 1994

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