Las matemáticas que se estudiaban en México hacia el año de 1630 no eran otras que las del Renacimiento: geometría clásica, álgebra, aritmética y trigonometría. Lugar relevante ocupaba la ciencia de los números, a la que podemos llamar "aritmosofía", pues como heredera de la vieja tradición hermético-pitagórica intentaba determinar el papel de los números en la aprehensión de la idea de belleza basada en una armonía o un equilibrio. Por otra parte, desde el punto de vista matemático el mundo astronómico de las esferas y los círculos planetarios era tan armonioso que resultaba fiel retrato de su Creador, tal como lo afirmó fray Luis de Granada en su "Introducción al símbolo de la fé".

 

 Cuando fray Diego Rodríguez resolvió un cierto caso de la ecuación de tercer grado encontró que existían raíces que no eran reales, es decir que estaban formadas por la raíz cuadrada de un número negativo. Como lo hiciera Descartes por esas misma fechas, el padre Rodríguez las declaró "falsas" y las rechazó por imposibles. Pero a medida que avanzaba en sus estudios algebraicos se dió cuenta de que los números no reales eran difíciles de evitar y -derrotado- terminó, como sus colegas del otro lado del Atlántico, por aceptar su existencia. Así entraron en México los números "imaginarios", es decir aquellos números que no eran reales pero que paradójicamente sí existían. Apenas podemos comprender la transformación mental que supuso este descubrimiento. Era la aceptación de la realidad de lo imaginario. Hacia el final de sus voluminosos manuscritos de álgebra, el padre Rodríguez capitulaba y aceptaba la existencia de lo que por definición no podía existir. Su solución personal y originalísima de las ecuaciones de cuarto grado ya incluye raices imaginarias. Pero no todos aceptaron tan fácilmente esta revolución en los números que corría paralela a la revolución en los círculos y las elipses planetarias. Leibniz rechazó su existencia cuando afirmó irónicamente que los números imaginarios eran un "excelente y maravilloso refugio del Espíritu Santo, una especie de anfibio entre ser y no ser"; y todavía en el siglo XVIII Euler los describió como "nada, o menos que nada".

El arte barroco y los números imaginarios en México en el siglo XVII

Elías Trabulse