Alberto Barajas Celis

 

La Universidad es prodigiosa. Al entrar a la Preparatoria nos desorienta la riqueza de las posibilidades humanas. En nuestra mano está ser jurista, escritor, político, ingeniero o banquero. Pero unas voces misteriosas, que me hablaban en los corredores de la Escuela, me fueron guiando con gran sabiduría y firmeza. Me revelaron que yo no era novelista, ni abogado, ni historiador, ni hombre de negocios. Yo era matemático.

 

Por Alberto Barajas, J. Labastida y R. Perez Tamayo

Durante los meses de enero y febrero de 1990 tuvo lugar en la Facultad de Ciencias de la UNAM un ciclo de presentaciones que llevó el nombre de ``Mesas Elípticas'', en las cuales se abordaron los siguientes temas:

Génesis, Información, Conocimiento, Realidad y Evolución. El ciclo fue organizado por el grupo ''Pandora1'' del Departamento de Física de la propia Facultad. Presentamos en esta ocasión la transcripción de la mesa ``Conocimiento'', en la que participaron los doctores Alberto Barajas, Jaime Labastida y Ruy Pérez Tamayo.

 

A. Barajas

Amigos míos, sospecho que muchos de ustedes están pensando: ``Doctor Barajas, parece usted una persona seria, con el pelo blanco y los signos evidentes de que ha vivido más que cualquiera de los que estamos en esta sala; o sea que posee una gran experiencia. Por consiguiente, no nos explicamos cómo tiene la audacia de venir a tratar un tema que ha desafiado a las mentes más agudas de Occidente. Que personas con menos edad, como los jóvenes Ruy Pérez Tamayo y Labastida, se atrevan con este tema es explicable, pero en usted es imperdonable.'' 

        Tienen absoluta razón. Yo estoy de acuerdo con cada una de las palabras que han pensado; nada más que las tres Pandoras (las que proveen todas estas aventuras intelectuales) han descubierto que si se me acercan y me sonríen, yo digo ``sí''; ya es un reflejo condicionado. Un día que salí de mi clase: 

        --¿Doctor Barajas?

        --Sí...

        --¿Quiere usted tomar parte en una mesa elíptica?

        --Sí... 

        --¿El miércoles 24?

        --Sí...

        --¿A las 6 de la tarde? 

        --Sí. 

        Cuando se alejaban, una de ellas me gritó: 

        --A propósito, el tema es el conocimiento.

        Me alarmé, y le hablé al Dr. Ramos2:

        -¡Oiga usted, parece que me acaban de poner una trampa! Me he comprometido con un tema que sobrepasa no solamente mis fuerzas, sino las de cualquier genio. Quiero confesarle a usted que de conocimiento yo no sé absolutamente nada, soy la persona más ignorante del tema en la Facultad de Ciencias. Yo no tengo que hacer nada en esa mesa. 

        El doctor Ramos me dijo

        -Doctor, lo sabemos muy bien, no es ninguna novedad; nada más que, ¿conoce usted la ley del karma, la ley del karma de los budistas?'' 

        -Sí, sin que tenga yo el conocimiento del budismo de Carlo Coccioli, pero sí me he enterado de las opiniones de Buda. 

        -Usted debe recordar que a muchos alumnos los ha reprobado porque en el examen les ha puesto problemas que no podían resolver. 

        -Sí, desgraciadamente así ha pasado. 

        -Pues bien, ahora la ley del karma exige que delante de sus discípulos se enfrente a un problema que no puede resolver. 

        Una vez que ha quedado clara mi posición y que lo que estoy haciendo, es saldar mi karma, ya puedo salir con toda tranquilidad. 

        Estos quince minutos que voy a hablar tienen ese objeto, borrar mi karma exclusivamente. Voy a enfrentarme a un problema -como decía yo- que no puedo resolver; pero, ya que tengo el compromiso de platicar, quizás copie yo a mis discípulos, que cuando se les hace una pregunta que no pueden contestar, le preguntan algo al profesor y lo desconciertan un poco. Yo también les voy a preguntar algo que escuché en una clase de filosofía, allá por el año de 1930, un día cualquiera de mi adolescencia. 

        Nos preguntó el maestro:

        -¡Jóvenes!, ¿qué creen ustedes que sentía nuestro abuelo Quirón cuando galopaba en las praderas de esmeralda? A su torso humano correspondía un universo de imágenes, de sensaciones humanas, era la parte de su cuerpo que vivía en el mundo de la poesía, de la música, de las matemáticas; en fin, el mundo humano de la cultura. En cambio, la parte inferior de su cuerpo estaba sumida en ese universo, misterioso y tenebroso, de las sensaciones equinas. Cuando llegaba a una plaza, su cabeza de griego le decía: ``Estamos en un ágora, tu destino es discutir y vencer''; pero los cascos de caballo le decían: ``¡Oye!, esto es un hipódromo, aquí hay que correr, hay que patear y hay que vencer''. 

        -¿Qué pasa?- decía mi maestro -cuando unas venas tremendas mezclan en un mismo corazón la ciencia del europeo y la brama del semental? El corazón se enloquece y empieza a oscilar frenéticamente sin saber nunca si perseguir a una ninfa o a una jaca. Esta imagen del Centauro, imagen del ser humano, creación griega para mi gusto insuperable, ha descrito a este último, con una fuerza que no encuentro en ninguna otra imagen del hombre; quizás Adán se le acerca, pero el Centauro es absolutamente impresionante. En el Centauro está perfectamente descrito el conflicto que todos los seres humanos llevamos como un nudo en el centro del alma. La lucha de los principios y los instintos, de la cultura con nuestro ser irracional. Somos una razón montada sobre un aparato irracional. Muchos de los conflictos del ser humano se deben a eso; no somos ni animales ni semidioses. Somos una mezcla surrealista, impresionante, y cuyo destino final no conocemos. 

        Fue así en aquella clase de la preparatoria que me enteré de que le dicen los sabios Conocimiento al esfuerzo terrible, al esfuerzo doloroso que ha hecho el hombre para que alguna vez encuentren su equilibrio las almas de los centauros. Este símbolo griego a mí me parece insuperable, pero el símbolo de Adán es isomorfo del Centauro; nada más que está presentado con un sentido religioso distinto. El Centauro es fundamentalmente plástico; vemos al terrible animal humano, jadeante, lleno de vitalidad, trepidante; y más nos impresiona ver que es nuestro espejo: todos tenemos algo de semidiós y algo de animal. Todos los seres humanos somos centauros. 

        El otro símbolo, decia, que también me acompaña desde mi niñez es Adán. Adán vivía perfectamente tranquilo en el Paraiso. Es decir, si un hombre se decide simplemente a seguir los instintos que comparte con los animales (comer, dormir, amar a Eva) y no preocuparse del resto del mundo, es absolutamente feliz, está en el Paraíso. Pero ¿qué pasa si prueba del Arbol de la Ciencia? Arbol codiciable para alcanzar la sabiduría, dice la Biblia. El fruto del conocimiento, el que vio Adán y le pareció irresistible, bueno para comer. Y Eva -como estas tres Pandoras- le puso la tentación a Adán: "¡Vamos a probar el fruto! la Serpiente dice que si lo probamos se van a abrir nuestros ojos y seremos como dioses". La Serpiente era pérfida, pero no era mentirosa3. Y así ha sido, en efecto; después de probar el fruto, el hombre se ha sentido como dios, nada más que el precio que ha tenido que pagar es muy alto. O sea, que Dios sabía muy bien lo que estaba haciendo: ``No pruebes de este fruto, vas a sufrir terriblemente''. El fruto no era la manzana -a propósito- ni era la prohibición de que Adán enamorara a Eva. Mucho antes del pecado original ya les había dicho ``creced y multiplicaos y henchid la tierra''. Y, naturalmente, Dios conocía los mecanismos de la explosión demográfica. No, no es el amor. Ésa es una leyenda plebeya. No, lo que es verdaderamente sorprendente es la agudeza con que el autor del Génesis señala al Conocimiento como el pecado original del hombre. Querer conocer, ése es nuestro pecado y nuestra gloria. Y, además, una vez que Adán quiso conocer el camino no tuvo regreso. 

        El Arbol de la Ciencia es el que ha disparado la imaginación del hombre. Una vez que comió del fruto inmediatamente inventó el Pudor. Se dio cuenta de que Eva vestida era mucho más atractiva que Eva desnuda. El Pudor es un invento de la cultura. Pasado el tiempo se olvidan las gentes de que fue un invento humano como la televisión o el automóvil. No hay ningún estimulante, jóvenes muchachas que me escuchan, como el rubor femenino. Es el traje más atractivo que se puedan poner. A las mujeres hay que perdonarles todo; su falta de memoria histórica también. Vuelven a descubrir la desnudez y se exhiben en la televisión y en las playas desnudas y creen que han encontrado una novedad. No el invento fue el pudor; la desnudez ya se usaba antes en el Paraíso. 

        Bien, este fruto, llamado del Conocimiento, no era una manzana. La Biblia nunca lo dice. No se compromete; simplemente dice es árbol agradable a los ojos y codiciable para alcanzar la sabiduría. Debe haberse sentido Adán, al ver el fruto prodigioso, como ante una bola de cristal: ``Si lo como voy a ser algún día Beethoven, Newton, Jesucristo, Buda''. La tentación fue invencible. "¿Quiero seguir con mi felicidad animal o trato de buscar el mundo prodigioso que estoy viendo en esta esfera mágica?`` Y Adán decidió -y muy bien- dejar el paraíso animal y salir a conquistar el mundo humano, el mundo del Conocimiento. Nada más que le esperaba una sorpresa; no bastaba con comer el fruto para tener el Conocimiento, había que recorrer un largo camino, sumamente doloroso. En el trayecto, el poco conocimiento conquistado, a veces le servía para sufrir más. Lo estamos viendo: el país más poderoso de la Tierra, los Estados Unidos, con una tecnología envidiable, con sabios, matemáticos, físicos de un nivel extraordinario, no saben manejar su conocimiento. ¿Para qué les sirve esa tecnología admirable? Para la guerra atómica. Un joven en 1905 descubre el secreto más importante de nuestro siglo: que la materia es equivalente a la energía, por lo que surge la posibilidad de que el hombre disponga de cantidades prácticamente ilimitadas de energía. Eso lo vio Einstein como una posibilidad teórica, remota. Al jugar con las ecuaciones de transformación de Lorentz se encontró con la sorpresa de la equivalencia. Pero no se imaginaba que 40 años después -40 años no es nada- los Estados Unidos iban a utilizar ese conocimiento para destruir un país. 

        Sí, Dios sabía muy bien lo que decía. El otro día el biólogo Lazcano, en una mesa anterior, nos decía: ``Yo creo que ya le podría dar consejos a Dios para que hiciera mejor a los seres vivos''. Joven Lazcano: pierda las esperanzas, no. El Génesis también lo dice muy claramente: ``En el principio crio''. ``Crio'', el rabino, en esa misma mesa, también le corrigió la plana a la Biblia y dijo ``creó''; se les hace inadecuado decir ``crio'', pero Dios tiene cierto sentido literario y la frase es mucho más fuerte: ``En el principio crió Dios los cielos y la Tierra, y la Tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre la haz de las aguas''. La fuerza literaria del Génesis no ha sido superada. 

        Yo fui a dar con estas páginas admirables cuando era niño por que quería tener un conocimiento un poco más profundo de la historia sagrada. Mi padre tenía una Biblia muy bonita con una letra muy clara. La empecé a leer y me entere de historias terribles. Si no fuera un libro santo sería un libro pornográfico. Sentí desde niño, que aquellas palabras eran la obra de un genio literario. El Génesis ha impresionado tanto a los hombres que durante muchos siglos pensaron que el autor era Dios mismo. Mahoma, que acepta también el libro santo, es todavía más exagerado. Dice: ``Las copias del Corán que existen son copias del libro original, la madre del libro, ése es el Corán original, y ese Corán original no solamente es una obra escrita por alguien, sino que es parte de los atributos de la Divinidad. La madre del libro es una propiedad de Dios, como su ira o como su misericordia''. 

        Como ven ustedes, falta de imaginación no han tenido los fundadores de religiones, pero el Génesis a grandes rasgos nos da idea de cuál fue el proceso evolutivo de la especie humana. Y sobre todo, el elogio de la luz es un logro extraordinario: ``Y dijo Dios, sea la luz, y fue la luz, y vio Dios que la luz era buena''. En tres frases se describe la sorpresa de él ante lo que acababa de crear''. Sigue la creación y al final dice Dios lo que no dicen los libros modernos de ciencia. Hace un juicio de valor: ``Y vio Dios que todo lo que había hecho era bueno''. Y para que no haya duda insiste: ``Era bueno en gran manera''. No hay duda; el que escribió la Biblia sabe que Dios creó la muerte, los asesinatos, la santidad, la justicia, la estupidez, la cobardía, todo lo que hay en el universo; y todo es bueno, es extraordinariamente bueno; y ¿le creeremos a Dios? Pues ésa es su opinión. 

        Pasados muchos siglos hubo un matemático, Leibniz, que seguramente había leído la Biblia y pensó mucho en ella. Leibniz, como matemático, dice: ``Vivimos en el mejor de los mundos posibles''. 

        -¡Oye Leibniz!, pero ¿cómo?, ¡esto es lo mejor que se puede esperar! 

        -Sí. 

        -Pero hay muchos otros mundos posibles. Yo me imagino a los hombres amándose los unos a los otros, a las mujeres no mintiendo. En fin algo mejor de lo que tenemos 

        -Sí; en efecto, hay muchos mundos posibles en el sentido de que están lógicamente libres de contradicciones, son posibles desde el punto de vista de la lógica humana, pero tienen alguna cualidad, algunos de ellos, que los hacen en efecto, realizables. El universo en que estamos, aparte de que lógicamente es posible, tiene una cualidad que los seres humanos no vemos, pero es una cualidad lógica que lo hace el único realizable. Por eso estamos en el mejor de los mundos posibles. 

        Bueno, para terminar. Jóvenes, de niño las palabras "conocer", "conocimiento", "aprender", "leer", "comunicarse", "hablar correctamente", "hablar incorrectamente", tenian un sentido muy claro. A medida que han pasado los años esas palabras se han vuelto equívocas y ahora no sé qué quiere decir "enseñar", qué quiere decir "aprender", etc. Cuando escucho a los sabios físicos, a los sabios astrónomos, a los notables biólogos hablar del progreso de sus conocimientos, siento la tentación de aclararles: ustedes no conocen. Han inventado teorías geniales con las que manipulan a la naturaleza con una eficiencia sin precedente; pero la Realidad se les escapa. La ilusión de que era posible conocer esta realidad empezó a erosionarse con Newton. Este genio vio con gran penetración que su modelo matemático sólo le permitía afirmar: las cosas pasan como si los cuerpos se atrajeran proporcionalmente a sus masas... etc. No se puede saber si los cuerpos se atraen o si siguen geodésicas como imaginó Einstein. La historia bíblica indica que el hombre, emocionado por la belleza del mundo, sintió la tentación incontrolable de conocerlo; pero no ha podido entender ni siquiera a la maravillosa luz que se disfraza de onda y de partícula. 

        Sólo hay un área de la curiosidad humana en que se tocan verdades absolutas. Los matemáticos conocemos esta felicidad. El rey de los filósofos confesaba a los 70 años: sólo sé que nada sé. Yo, un poco mayor que Sócrates, sé algo: todo primo de la forma 4k+1 es una suma de dos cuadrados. Ésta es una verdad absoluta. 

        Adán probó del Arbol de Ciencia y se olvidó del Arbol de Vida. Yo quiero para ustedes, jóvenes de la Facultad, que junto con el deseo de conocer, sientan el deseo irresistible de vivir. 

1 El grupo ``Pandora'' está formado por los siguientes profesores del Departamento de Física de la Facultad de Ciencias de la UNAM: José Luis Álvarez, Ra&aauacute;l Gómez, José Ernesto Marquina, Ma. Luisa Marquina, VIvianne Marquina y Rosalía Ridaura (N. de los E.)

2 El doctor Francisco Ramos era el Director de la Facultad de Ciencias-UNAM (N. del los E.) 

3 Lozano dixit (El Dr. Barajas se refiere al Dr. Juan Manuel Lozano). (N. de los E.) 

Pensamientos de Alberto Barajas

La Universidad es prodigiosa. Al entrar a la Preparatoria nos desorienta la riqueza de las posibilidades humanas. En nuestra mano está ser jurista, escritor, político, ingeniero o banquero. Pero unas voces misteriosas, que me hablaban en los corredores de la Escuela, me fueron guiando con gran sabiduría y firmeza. Me revelaron que yo no era novelista, ni abogado, ni historiador, ni hombre de negocios. Yo era matemático.

Les recuerdo que matemático no es el nombre de un talento sino de una pasión.


Alberto Barajas (1913-2004)

 

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